El Presidente y la Junta Directiva de la Academia Colombiana de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales invitaron a la comunidad científica y académica a la transmisión de la Sesión Solemne Estatutaria llevada a cabo en la Sede de la Academia el pasado 2 de septiembre.
La Sesión contó con la Entrega de Menciones de Honor del Concurso “¡Descubramos a las científicas! 2025”, la cual incluyó la presentación del reconocimiento por parte de la Presidenta de la Red de Mujeres Científicas y la proyección del video que presentó a la galardonada como acreedora del segundo lugar.
Igualmente se llevó a acabo la Conferencia – Taller: La aventura de medir el mundo: la evolución de los instrumentos científicos, con la participación del académico Santiago Vargas y el grupo Cúmulo Bogotá de Astronomía del Observatorio Astronómico Nacional.
Palabras del Presidente
Sesión Solemne Estatutaria
Academia Colombiana de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales
2 de septiembre de 2026
Muy buenas tardes.
Queridas académicas y queridos académicos de número, correspondientes y honorarios; miembros de nuestra Junta Directiva; invitados especiales; representantes de las universidades, centros de investigación, instituciones científicas, académicas y culturales; aliados de la Academia; colegas y amigos que nos acompañan desde distintas regiones del país y del mundo a través de recursos teleinformáticos; miembros de nuestro equipo de trabajo; señoras y señores:
Sean todos muy bienvenidos a esta Sesión Solemne Estatutaria de la Academia Colombiana de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales. Y, ante todo, gracias. Gracias por estar aquí, en una reunión prevista en nuestros estatutos, pero que es una ceremonia muy especial, con un valor de profundo significado: recordarnos que hacemos parte de una historia compartida. Estamos celebrando los 90 años de nuestra Academia.
Noventa años. Es fácil pronunciar la cifra. Es bastante más difícil comprender todo lo que cabe en ella. Son nueve décadas de preguntas y descubrimientos; de aulas y laboratorios; de libros, expediciones, ecuaciones y experimentos; de discusiones —algunas seguramente memorables, porque para eso también existen las academias—; de profesores formando estudiantes; de científicos construyendo instituciones; de mujeres y hombres empeñados en comprender un fragmento de este mundo extraordinariamente complejo.
Pero, sobre todo, son 90 años de personas. Personas que entendieron algo fundamental: que dedicar una vida al conocimiento puede ser también una extraordinaria manera de servir. De servir a otros. De servir a una sociedad. De servir a Colombia.
Hace poco encontré una breve reflexión filosófica que me acompañó durante varios días. Planteaba, aproximadamente, una pregunta: ¿qué tiene de verdaderamente extraordinario nuestra condición humana?
Podríamos responder muchas cosas. Nuestra inteligencia. Nuestra creatividad. Nuestra capacidad para producir lenguaje, arte, música, tecnología. Nuestra capacidad para construir ciencia. Pero había allí otra idea, mucho más sencilla y, al mismo tiempo, mucho más profunda: Los seres humanos somos capaces de colaborar a lo largo del tiempo.
Somos capaces de recibir a personas que murieron mucho antes de que nosotros llegáramos y, al mismo tiempo, de trabajar para personas que todavía no han nacido. Pensé inmediatamente: eso es una Academia.
Todos los que estamos aquí trabajamos a diario con personas que ya no están. Cuando utilizamos una ecuación, enseñamos una teoría, consultamos un libro, continuamos una línea de investigación, entramos a un laboratorio o formulamos una pregunta científica, estamos conversando con generaciones anteriores. Porque en efecto, ningún científico empieza desde cero. Ningún maestro empieza desde cero. Ninguna universidad empieza desde cero. Y esta Academia tampoco empezó con nosotros. Somos herederos.
Hemos recibido una institución construida por generaciones de académicos que creyeron en Colombia y comprendieron que el conocimiento era indispensable para construirla. Recibimos su historia. Su prestigio. Su patrimonio. Sus preguntas. Sus publicaciones. Sus realizaciones. Sus discusiones. Sus aciertos. Y también las enseñanzas que dejaron sus errores.
Por eso, quisiera proponer esta tarde una idea que quizás resulte un poco incómoda: estos 90 años no nos pertenecen. Nos han sido confiados. Nos corresponde cuidarlos durante un breve tramo de la historia y, después, entregar la Academia a otros. Y allí aparece la otra mitad de aquella reflexión.
Porque también trabajamos para personas que aún no conocemos. Formamos estudiantes que tomarán decisiones cuando nosotros ya no estemos. Investigamos problemas cuyas soluciones quizás apenas alcancemos a vislumbrar. Protegemos libros, colecciones y datos que consultarán científicos que todavía son niños. Construimos instituciones cuyo verdadero valor probablemente solo se comprenderá dentro de varias décadas. En otras palabras: Plantamos árboles bajo cuya sombra tal vez nunca nos sentaremos.
Y eso no debería producirnos frustración. Al contrario. Ese es uno de los privilegios más nobles de trabajar por la educación y la ciencia. Eso es construir país. Y eso también es hacer Academia. Por eso quisiera que hoy celebráramos nuestros 90 años con orgullo, por supuesto, pero no con complacencia.
Una institución puede tener mucha historia y, sin embargo, dejar de ser relevante. La antigüedad, por sí sola, no garantiza nada. La tradición adquiere sentido cuando es capaz de iluminar el presente y ayudarnos a construir el futuro. Y creo que esa es precisamente la pregunta que debemos formularnos: ¿Qué significa ser Academia en la Colombia de hoy?
Pero además, ¿Qué necesita el país de nosotros? ¿Qué debemos preservar? ¿Qué debemos transformar? ¿Dónde debemos hacernos presentes? ¿En qué debates debemos participar? ¿Y qué instituciones debemos ayudar a construir para quienes vendrán después?
Durante este último año nuestra Academia ha desarrollado una intensa actividad científica, académica e institucional. Lo ha hecho desde sus comisiones y grupos de trabajo; desde sus publicaciones y su Revista; desde los premios y reconocimientos a científicos y jóvenes investigadores; desde sus espacios de conversación y debate; desde su biblioteca, su repositorio y la preservación de nuestra memoria; desde las relaciones construidas con universidades, centros de investigación, instituciones públicas y privadas, academias y organizaciones nacionales e internacionales.
Nuestra Revista de la Academia continúa siendo un vehículo fundamental para la producción y circulación del conocimiento científico. Nuestro repositorio y nuestra biblioteca preservan un patrimonio que pertenece a la Academia, pero que, en un sentido más profundo, pertenece al país. Así lo reconocía ya el borrador preparado para esta sesión: preservar y poner a disposición ese patrimonio forma parte sustancial de nuestra misión institucional.
Pero hemos querido hacer algo más. Hemos querido acercar la ciencia a la sociedad. Espacios como Panorama de la Ciencia, Hablemos de Ciencia e Historia de la Ciencia al Oído, junto con nuestros contenidos audiovisuales, publicaciones y actividades de divulgación, buscan construir nuevas conversaciones con ciudadanos, estudiantes, maestros y nuevas generaciones.
En este punto, vale la pena decirlo con empatía y claridad: la ciencia que permanece exclusivamente en el laboratorio, en la universidad o en una revista especializada no ha terminado todavía su tarea. La ciencia debe ser producida. Debe ser rigurosa. Debe ser evaluada. Pero también debe ser comunicada. Comprendida. Discutida. Apropiada por la sociedad.
Colombia necesita sentir que la ciencia le pertenece. No solamente al investigador. No solamente al profesor universitario. No solamente a quien tiene acceso a un laboratorio. La ciencia también debe pertenecer al maestro de una escuela rural. Al joven que se pregunta qué estudiar. Al campesino que necesita comprender lo que ocurre con el agua. A una comunidad que enfrenta una amenaza natural. A quien toma una decisión sobre la salud. Al empresario que quiere innovar. A un alcalde que debe planificar su territorio. A un ciudadano que intenta distinguir entre evidencia y desinformación. La ciencia forma parte del patrimonio cultural de una nación. Por eso divulgarla no significa disminuir su rigor. Significa ampliar su ciudadanía.
Pero este año hemos querido dar otro paso más. No solo estudiar los problemas de Colombia, sino también atrevernos a formular propuestas para resolverlos. Una academia no puede limitarse a describir el país. También tiene que ayudar a imaginarlo. Y quisiera mencionar dos iniciativas que reflejan bien esa aspiración. La primera nació de una pregunta muy sencilla: ¿Puede Colombia aspirar a producir ciencia de frontera si una parte de sus investigadores no puede acceder de manera estable al conocimiento científico de frontera? La respuesta parece evidente.
Por eso, presentamos al Departamento Nacional de Planeación una propuesta para incorporar al Plan Nacional de Desarrollo 2026–2030 una estrategia nacional de acceso universal, equitativo y sostenible a la información científica y tecnológica. La propuesta parte de una convicción: las bases de datos, las revistas especializadas, los índices, las normas técnicas y las grandes colecciones internacionales deben entenderse hoy como infraestructura básica para el conocimiento, tan necesaria como los laboratorios, las redes de cómputo o los equipos experimentales.
Porque un investigador que no puede consultar oportunamente el conocimiento producido en su disciplina compite en condiciones desfavorables. Y esa desigualdad es particularmente injusta cuando depende del tamaño de la universidad, de su presupuesto o de la región donde se ubica.
Hay una frase de la propuesta que quisiera recordar esta tarde: la calidad de una hipótesis científica no conoce la dirección residencial ni el código postal del investigador. Por eso planteamos explorar un mecanismo nacional, técnicamente riguroso y económicamente sostenible, que aproveche las economías de escala y las capacidades ya existentes en el país, y que permita considerar el conocimiento científico mundial como una infraestructura compartida y no como un privilegio determinado por la capacidad económica individual de cada institución.
La propuesta incluso plantea la conformación de una mesa técnica nacional que articule al DNP, al Banco de la República, a los ministerios de Hacienda, de Ciencia y de Educación, a las universidades, a ASCUN, al SUE, a los centros de investigación, al Consorcio Colombia y a nuestra Academia.
Y algo interesante comenzó a ocurrir. La idea empezó a caminar fuera de esta casa. Ayer, desde la Red de Ciencia e Innovación de La Silla Vacía, la propuesta fue recogida públicamente y calificada como una iniciativa ambiciosa y profundamente democrática. Más importante aún: abrió una discusión sobre la necesidad de construir una nueva arquitectura nacional que permita democratizar el acceso al conocimiento científico.
Aún no sabemos hasta dónde llegará esta propuesta. Sería prematuro celebrar una conquista. Pero sí podemos celebrar algo distinto. La Academia puso una idea sobre la mesa del país. Una idea que ahora puede discutirse. Cuestionada. Mejorada. Complementada. Respaldada. Y, ojalá, algún día convertida en política pública.
Porque quizá una Academia demuestra que está verdaderamente viva cuando sus ideas empiezan a caminar sin que tengamos que empujarlas. Cuando una propuesta sale de esta casa, llega a otras instituciones, provoca una conversación, encuentra críticas, genera preguntas y convoca nuevos aliados, comienza a cumplir su verdadero propósito. En cierto modo, deja de pertenecernos. Empieza a pertenecerle al país.
La segunda iniciativa mira mucho más al sur. Muy, muy al sur. Hacia la Antártica. Hemos querido respaldar la materialización del Instituto Colombiano de Estudios Antárticos. A primera vista, alguien podría preguntarnos: ¿Qué hace una Academia colombiana pensando en un continente situado a miles de kilómetros de nuestras costas?
La respuesta es sencilla: la ciencia no reconoce las fronteras políticas con las que dividimos los mapas. Lo que ocurre en la Antártica no se queda en la Antártica. Sus hielos, sus océanos, su atmósfera, sus ecosistemas y su papel en el sistema climático global tienen implicaciones tanto para el planeta como para Colombia. Y nuestro país ya ha desarrollado capacidades importantes.
Desde sus primeros acercamientos al continente blanco, Colombia ha avanzado hasta realizar doce expediciones científicas nacionales y alcanzar membresía plena tanto en el Scientific Committee on Antarctic Research, SCAR, como en el Council of Managers of National Antarctic Programs, COMNAP. Ese camino merece continuidad.
El Instituto Colombiano de Estudios Antárticos se concibe precisamente como una plataforma nacional capaz de integrar universidades, centros de investigación, entidades gubernamentales y socios internacionales; formar talento humano altamente calificado; promover la investigación interdisciplinaria y sostener agendas científicas de largo plazo. Y quiero destacar algo particularmente significativo. En la comunicación que hemos recibido de la Dirección General Marítima, DIMAR reconoce expresamente que la experiencia, el liderazgo y la visión de nuestra Academia pueden resultar fundamentales para consolidar esa comunidad científica y proyectar al país hacia nuevos horizontes de investigación, innovación y desarrollo. Eso nos honra. Pero, sobre todo, nos compromete. Porque aquí también existe una lección de futuro:
No basta con realizar buenos proyectos científicos. Tenemos que construir instituciones capaces de sostenerlos. Porque, las personas pasan. Los gobiernos pasan. Las administraciones pasan. Pero un país que quiera hacer ciencia seriamente debe construir capacidades que perduren. Esa es también nuestra tarea. Y aquí regresamos a la pregunta que atraviesa esta celebración: ¿Qué estamos ayudando a construir hoy que pueda seguir sirviendo a Colombia cuando nosotros ya no estemos?
Esta manera de entender nuestra misión resulta especialmente importante porque Colombia enfrenta decisiones de gran magnitud. Sobre biodiversidad. Sobre agua. Sobre el cambio climático. Sobre nuestros océanos. Sobre salud. Sobre energía. Sobre seguridad alimentaria. Sobre inteligencia artificial. Sobre tecnologías emergentes. Sobre desarrollo territorial. Sobre ciudades. Sobre Amazonia. Sobre productividad. Sobre sostenibilidad. Son problemas complejos.
Y precisamente porque son complejos, ninguna disciplina puede resolverlos por sí sola. La física necesita conversar con la biología. La matemática con la medicina. La geología con la ingeniería. La ecología con la economía. La ciencia básica y las ciencias aplicadas. Las ciencias naturales con las ciencias sociales y humanas. Las universidades con las empresas. Los investigadores con las comunidades. Y la ciencia con quienes toman decisiones.
Nuestra condición de órgano consultivo del Estado nos impone, precisamente, la responsabilidad de fortalecer ese puente entre el conocimiento científico, la sociedad y la decisión pública. Pero debemos comprender bien qué implica esa responsabilidad.
La Academia no está llamada a gobernar. Tampoco está llamada a hacer oposición. Y mucho menos está llamada a guardar silencio. Está llamada a algo bastante más exigente: Pensar con independencia, hablar con evidencia y decir, cuando sea necesario, aquello que el conocimiento nos permite sostener, aunque no siempre resulte lo más cómodo de escuchar.
El país necesita instituciones capaces de hacer eso. Instituciones que puedan mirar más allá de la coyuntura. Más allá del titular del día. Más allá del próximo presupuesto. Más allá del próximo período electoral.
Y detrás de muchos de nuestros grandes problemas existe uno que, a mi juicio, condiciona prácticamente todos los demás: La educación.
No tendremos una Colombia intensiva en conocimiento si no tenemos una educación de calidad. No construiremos una ciencia sólida sobre una educación débil. No habrá innovación sostenible si nuestros niños y jóvenes no aprenden a observar, preguntar, leer críticamente, experimentar, argumentar, dudar, equivocarse y volver a intentarlo. Y tampoco habrá verdadera equidad mientras las oportunidades educativas de un niño dependan del lugar de Colombia donde tuvo la fortuna —o la desventura— de nacer.
Por eso nuestra Academia tiene que comprometerse cada vez más con el Sistema Educativo Nacional. Tenemos que acercarnos a los maestros. A las escuelas. A las universidades. A las regiones. Tenemos que contribuir a recuperar la enseñanza de las ciencias como una aventura intelectual y no como una interminable colección de respuestas que deben memorizarse para un examen.
Por supuesto que necesitamos jóvenes capaces de resolver ecuaciones. Pero necesitamos algo todavía más importante: jóvenes capaces de formular buenas preguntas. Porque una sociedad que pierde la capacidad de preguntar termina aceptando las respuestas de los demás. Y Colombia necesita aprender a pensar por sí misma.
Lo mismo ocurre con nuestro Sistema Nacional de Ciencia, Tecnología e Innovación. No podemos seguir pensando en la ciencia como una actividad episódica. No puede depender exclusivamente del heroísmo de investigadores que, año tras año, consiguen mantener sus grupos, laboratorios y proyectos en funcionamiento pese a todas las dificultades. Un país serio necesita capacidades científicas estables. Necesita investigadores. Necesita técnicos. Necesita laboratorios. Necesita datos. Necesita información científica. Necesita infraestructura. Necesita formación doctoral y posdoctoral. Necesita cooperación internacional. Necesita financiación sostenida. Necesita conectar universidades, Estado, empresa y sociedad. Y, sobre todo, necesita comprender algo elemental: invertir en conocimiento no es financiar a los científicos. Es para financiar las capacidades futuras del país.
Cuando Colombia fortalece su ciencia, no está otorgando un privilegio a una comunidad en particular. Está aumentando su capacidad para enfrentar la próxima epidemia. La próxima sequía. La próxima amenaza natural. La próxima crisis energética. La próxima transformación tecnológica. La próxima emergencia ambiental. Y también para aprovechar oportunidades que hoy todavía no somos capaces de imaginar. Por eso, la ciencia no puede seguir siendo un asunto periférico de la conversación nacional. Debe formar parte de la manera en que Colombia piensa su desarrollo.
Precisamente por ello hemos impulsado otro proyecto que considero fundamental: la Comisión de Futuros de Colombia. Y me gusta especialmente que hablemos de futuros, en plural. Porque el futuro no está escrito. No existe un único camino inevitable esperando que lleguemos a él. Existen posibilidades. Existen riesgos. Existen oportunidades. Y, sobre todo, existen decisiones.
La prospectiva científica no consiste en adivinar el futuro. Consiste en explorar futuros posibles para tomar mejores decisiones en el presente, fortalecer nuestra capacidad de anticipación y acercar sistemáticamente el conocimiento científico a las decisiones que definirán las próximas décadas de Colombia. Porque los grandes problemas de este país no caben en un solo período de gobierno. La educación no cabe en cuatro años. La transición energética no cabe en cuatro años. La protección de nuestra biodiversidad no cabe en cuatro años. La construcción de capacidades científicas no cabe en cuatro años. La transformación productiva no cabe en cuatro años. La reducción de las brechas regionales no cabe en cuatro años. Un país necesita instituciones capaces de pensar más allá de la próxima elección, del próximo presupuesto y de la próxima coyuntura. Nuestra Academia debe ser una de ellas.
Pero para hacerlo necesitamos algo que ningún estatuto puede decretar y que ninguna Junta Directiva puede producir por sí sola: necesitamos a nuestros académicos. A todos. La Academia no es esta sede. No es su nombre. No es solamente su Revista. No es la Junta Directiva. No es su Presidente. La Academia es sus académicos. Es su inteligencia colectiva. Su conocimiento. Su memoria. Su diversidad disciplinar. Su independencia. Su experiencia. Su capacidad para formular preguntas difíciles. Su capacidad para discrepar. Y, después de discrepar, su capacidad para construir juntos.
Por eso quisiera hacerles hoy una invitación muy personal. Necesitamos más de ustedes. Necesitamos sus ideas. Necesitamos sus preguntas. Necesitamos su participación en nuestras comisiones. Necesitamos su experiencia en los documentos que queremos presentar ante el país. Necesitamos su voz en los grandes debates nacionales. Necesitamos que acompañen a nuestros jóvenes científicos. Necesitamos que nos ayuden a llegar a las regiones. Necesitamos que abran puertas. Que construyan alianzas. Que propongan iniciativas. Y también necesitamos que nos digan cuándo estamos equivocados.
Porque una academia donde todos pensaran igual sería probablemente muy tranquila… pero científicamente sería bastante preocupante. La discrepancia argumentada no nos debilita. Nos fortalece. La ciencia avanza precisamente porque, de vez en cuando, alguien tiene el valor de preguntar: ¿y si las cosas no fueran exactamente como creemos?
Y hablando de discrepancia, quisiera detenerme especialmente en nuestra Junta Directiva. Quiero expresar mi gratitud a cada uno de sus integrantes. Una gratitud sincera. Durante este período hemos presentado a la Junta propuestas que, en algunos casos, comenzaron apenas como intuiciones, posibilidades o preguntas.
Y he encontrado allí algo que valoro profundamente: apoyo, sí; pero nunca complacencia. He encontrado preguntas difíciles. Observaciones oportunas. Discusión franca. Diligencia. Experiencia. Prudencia cuando ha sido necesaria. Entusiasmo cuando una idea ha demostrado que merece avanzar. Y un espíritu crítico que nos ha obligado muchas veces a pensar mejor.
Eso ha sido fundamental. Porque dirigir una institución científica no consiste en rodearse de personas que siempre digan que sí. Una Academia necesita justamente lo contrario. Necesita personas capaces de preguntar: ¿es suficientemente sólida esta propuesta? ¿Es rigurosa? ¿Es pertinente? ¿Podemos mejorarla? ¿Estamos viendo todos sus riesgos? ¿Está a la altura del nombre de esta Academia? Y, finalmente: ¿es buena para Colombia?
Ese ejercicio colectivo nos ha permitido apropiarnos de ideas, transformarlas y mejorarlas, y participar en iniciativas verdaderamente estimulantes. Queridos miembros de nuestra Junta Directiva: gracias por ayudar a convertir ideas en iniciativas y entusiasmo en responsabilidad institucional. Gracias por respaldar. Pero gracias también por preguntar. Y gracias, finalmente, por entender que nuestra responsabilidad consiste en cuidar aquello que hemos recibido, pero también en atrevernos a abrir caminos nuevos.
Ese agradecimiento se extiende, naturalmente, a todos nuestros académicos. Gracias por su tiempo. Por sus ideas. Por su conocimiento. Por sus discusiones. Por sus críticas. Por el trabajo silencioso que muchas veces no aparece en fotografías ni en informes. A quienes integran nuestras comisiones y grupos de trabajo, gracias por transformar preguntas en propuestas y propuestas en acciones.
A nuestro equipo de trabajo, mi reconocimiento especial. Las instituciones tienen una parte visible y otra que casi nunca se ve. Detrás de cada evento, cada publicación, cada comunicación, cada reunión y cada iniciativa hay horas de trabajo, organización, llamadas, correos, documentos, presupuestos y pequeños problemas que alguien tuvo que resolver. Muchas gracias por sostener esta Academia cotidianamente. Como señalaba el texto inicial preparado para esta sesión, es una labor muchas veces silenciosa, pero absolutamente indispensable.
A las universidades y centros de investigación. A las instituciones públicas. A las organizaciones privadas. A nuestros aliados nacionales e internacionales. Gracias por caminar con nosotros. La ciencia nunca ha sido una empresa solitaria. Y los grandes problemas contemporáneos hacen todavía más necesaria la cooperación.
Y permítanme agradecer también a nuestras familias. La vida académica tiene una curiosa característica: no siempre respeta demasiado los horarios. Detrás de una carrera científica existen noches de trabajo, manuscritos, viajes, congresos, estudiantes, reuniones, evaluaciones, proyectos que parecen incapaces de terminar… y, por supuesto, artículos que regresan de evaluación con esa entrañable expresión: “major revisions”. Quienes nos acompañan en la vida cotidiana han participado muchas veces, silenciosamente, de ese esfuerzo. A ellos también: gracias.
Al comienzo, hablaba de esa particular capacidad humana para colaborar a lo largo del tiempo. Quizás allí esté la mejor manera de comprender lo que hoy celebramos. Recibir de quienes estuvieron antes. Trabajar con quienes están a nuestro lado. Y dejar algo valioso para quienes todavía no han llegado. Eso hicieron quienes construyeron esta Academia durante 90 años. Ahora nos corresponde continuar con la tarea. Que quienes algún día reciban esta institución puedan mirar hacia atrás y sentir que nosotros también pensamos en ellos. Que puedan decir que, en este momento de nuestra historia, la Academia no se limitó a contemplar sus logros. Que salió al encuentro del país. Que formuló preguntas difíciles. Que defendió la ciencia. Que apoyó la educación. Que propuso soluciones. Que construyó instituciones. Que abrió caminos. Y que supo trabajar colectivamente. Ese es nuestro privilegio. Esa es nuestra responsabilidad. Y esa es nuestra tarea. Muchas gracias.
CARLOS ALBERTO VARGAS JIMÉNEZ
Presidente ACCEFYN
